viernes, 13 de abril de 2012
La culpa de todo la tiene Def Con Dos
Abrí los ojos y me desperté con la vista turbia, la boca pastosa y un dolor impresionante de espalda y cabeza. Busqué a tientas la luz de la mesita de noche y una posible botella de agua en el lateral de la cama. Ni una cosa ni la otra. Cuando mis ojos empezaron a adaptarse a la luz, pude ver que aquella habitación no me sonaba de nada. Alcé la mano para tocar la pared de detrás del cabecero de mi cama. No había cabecero y la pared era lisa, sin gotelé como la mía. Las sábanas eran suaves al tacto. Por fin pude vislumbrar el lugar en el que estaba. Delante de mí no estaba el póster de “El Drogas” que tantas veces me vigilaba mientras estudiaba. Cortinas rosas cubrían la ventana de mi izquierda y advertí una persiana subida hasta la mitad y una fachada a cara vista naranja del edificio de enfrente. A mi derecha estaba la mesita de noche con la lámpara más fea con la que me había topado en mucho tiempo (una calavera estampada en la base y un demonio rojo en la parte de alrededor de la bombilla) y en la pared de ese mismo lado, un escritorio con su armario a la derecha. La puerta quedaba en la pared en la que la cama dejaba descansar la cabeza del durmiente. La habitación no era relativamente grande aunque para llegar al armario habría que dar unos 3 o 4 pasos. Me levanté y busqué la ropa. Los pantalones y los calzoncillos debajo de la cama. De repente me percaté de un corcho al lado del escritorio donde muchas fotos componían un bonito y colorido mosaico de chicas. La primera idea que me vino a la mente fue “joder, anoche follé”. Toqué el móvil en el bolsillo izquierdo. Las 16.13h del jueves. 9 llamadas perdidas, 3 sms y 25 mensajes de whatsapp. En ese preciso instante se me apagó el teléfono. Puta suerte. Encontré la camiseta de Angelus Apatrida en la silla del escritorio junto con la chaqueta de rombos que siempre llevo. Debajo mis míticas Converse de Batman. Al abrir la puerta apareció un largo pasillo que discurría a mi izquierda. Intenté contactar con alguien que viviera ahí con un “hola” tímido y asustado. No hubo respuesta. Salgo y ando por el pasillo hasta un cruce de puertas: la de delante de mí daba al salón, la de mi derecha a la cocina y la de mi izquierda al baño. El baño era pequeño con el retrete pegando a la entrada, un plato de ducha al lado, un bidé continuando mi línea de visión contraria a las agujas del reloj y finalmente el lavabo con el espejo. Meé y me miré en el espejo que decía que mi cara era un poema. El muy hijo de perra se reía en mi puta cara. Bebí agua del grifo y me dirigí al salón que estaba manga por hombro. Muchas botellas de alcohol formaban una manta sobre el suelo compuesta en su inmensa mayoría por litros de cerveza marca Steinburg. No me atreví a volver a la cocina por si estaba peor así que crucé el salón, agarré el pomo de la puerta del fondo y salí al rellano. Bajé 2 pisos y a la calle. La resaca dificultaba el reconocimiento de la zona. Era una calle unidireccional hacia la izquierda. Seguí el sentido de los coches hasta la intersección buscando una placa con el nombre de la calle que me orientara. Calle de Torres Quevedo rezaba. Era un área con árboles en las aceras. ¡Coño si estaba casi en el Pryca! En la otra punta de la ciudad con respecto a mi casa. Podía ver Circunvalación desde mi posición así que avancé en dirección contraria hacia el centro hasta Arquitecto Vandelvira y desde ahí a la derecha hasta el parque Abelardo Sánchez. Atravesé el parque. En el césped había muchos perroflautas con sus cachimbas y sus litros. Parece que la ley antibotellón de la Sra. Bayod se la estaban pasando por el forro de los cojones. Al llegar al otro lado del paso de cebra de la Avenida España que daba a la puerta del Hotel Los Llanos seguí mi travesía hasta la plaza de la Biblioteca del Sol de cuya puerta salía una cola hasta la fuente esa tan fea que había en el centro. Torcí a mi izquierda por la calle Marzo, que es peatonal, hasta la puerta de mi casa. Mierda. No llevaba las llaves. Ni móvil. Piqué al telefonillo. Cero en contestaciones. Abrí la cartera deseando que por un casual llevara algo de pasta. Perfecto: sin pasta, sin llaves, sin móvil, con una resaca del copón y sin saber qué coño pasó la noche anterior.
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