Eran las 16.50h. Decidí ir a casa de un colega que vivía cerca de mi casa pero al llegar allí me llevé la sorpresa de que no había nadie. Lo mejor sería buscar un ordenador y conectarme a alguna puta red social e intentar contactar con alguien de mi entorno que estuviera cerca. Los únicos ordenadores a los que tendría acceso gratuito estaban en el Campus así que me tuve que dar un paseo bastante hermoso de unos 20 minutos al paso que llevaba. La solanera que pegaba a esa hora no era normal. Un sol de justicia calentaba la ya de por sí maltrecha cabeza. Bebí agua en la fuente de la plaza de la Biblioteca del Sol y continué mi camino hacia el complejo universitario, el cual está a tomar por culo de mi actual posición. Recorrí la calle del Capitán Martínez García, hasta Circunvalación, momento en el cual unos 4 calorros se quedaron mirándome desde la lejanía. Concretamente, desde el otro extremo de la calle. No pasarían de los 20 años y no bajarían de los 15. Estaban colocados por orden de altura y me recordaron a los Hermanos Dalton. Iban peinados completamente igual: los lados y la parte de atrás rapada y todo lo demás hacia arriba como si los hubieran colgado cual jamón durante varios días. Todos vestía pantalones de chándal negros o azul oscuro, mis ojos estaban aun alto turbios. El más alto llevaba una camiseta de Camarón. El siguiente en nivel vestía una sudadera de Virus y los otros 2 sendas camisetas del Real Madrid.
-¡Es él!-voceó el más alto
-Joputa ven pacá que te via dar un navajazo que se te van a caer los cojones cabrón.
-¿Seguro que es él? Lo recuerdo más alto-dijo el más enano.
-Normal que te parezca más alto puto enano.
Acto seguido cruzaron Circunvalación con decisión. Entonces fue cuando me percaté de que o salía por piernas o acabaría con un importante corte en la puerta de un Telepizza. Ellos también echaron a correr cuando me vieron huir. Es algo un poco cobarde sí. Pero es un 4 para 1 con toda la desventaja de una resaca de importantes dimensiones.
Mis pies iban avanzando cada vez más y más deprisa. Una zancada más larga que la anterior. Ahora me recuerda a una escena de Trainspotting pero en ese instante era más una persecución galgos vs liebre jodida. Cada vez que lanzaba una mirada a mi retaguardia los sentía más cerca.
El semáforo para seguir huyendo y cruzar la Avenida de España estaba en rojo y era o esperarme al verde o ver el propio rojo en su cuchillo. Arriesgué y gané. Ellos también. El cruce que me llevaría al Campus pintaba verde.
Pensé en jugar un poco al escondite, así que entré en El Corte Inglés y subí las escaleras lo más rápido que pude hasta que encontré un ascensor que se cerraba.
Me colé en plan Indiana Jones. 2 señoras mayores observaron mi entrada como si fuera un espectro. El ascensor bajaba al sótano así que podría mantener mi dirección tranquilamente si les daba esquinazo y eran tan imbéciles como para llegar hasta la última planta.
Todo estaba despejado en el parking desde el cual subí hasta la universidad, entré en la biblioteca general y me senté ante una pantalla de aquellos Dell tan característicos de la UCLM. Introduje mi usuario y mi contraseña y mientras se cargaba la configuración me dediqué a dar un repaso a la sala por si conocía a alguien allí pero la suerte jugaba en mi contra una vez más.
Abrí twitter, tuenti, facebook y el gmail. Nada. Ni una notificación, ni un comentario, ni una mención, ni un correo…
Seguidamente me conecté a los chat de facebook y tuenti en los cuales estaba conectado un gran desgraciado colega mío de venturas, desventuras, ciegos y momentos de lucidez por los barrios albaceteños. Dijo que tenía que contármelo cara a cara porque era muy lioso por internet por lo que quedamos en el Post Mortem, un bar en la zona de Parque Sur, a las seis y media de la tarde, no sin antes advertirme que la lié un poco con un grupo de canis y que tuviera cuidado por la calle. Un aviso algo tardío realmente pero bueno era saber que había un motivo.
Hice tiempo ya que era muy temprano y pudo ver fotos de conocidos en un concierto de Def Con Dos en Albacete.
lunes, 25 de junio de 2012
viernes, 13 de abril de 2012
La culpa de todo la tiene Def Con Dos
Abrí los ojos y me desperté con la vista turbia, la boca pastosa y un dolor impresionante de espalda y cabeza. Busqué a tientas la luz de la mesita de noche y una posible botella de agua en el lateral de la cama. Ni una cosa ni la otra. Cuando mis ojos empezaron a adaptarse a la luz, pude ver que aquella habitación no me sonaba de nada. Alcé la mano para tocar la pared de detrás del cabecero de mi cama. No había cabecero y la pared era lisa, sin gotelé como la mía. Las sábanas eran suaves al tacto. Por fin pude vislumbrar el lugar en el que estaba. Delante de mí no estaba el póster de “El Drogas” que tantas veces me vigilaba mientras estudiaba. Cortinas rosas cubrían la ventana de mi izquierda y advertí una persiana subida hasta la mitad y una fachada a cara vista naranja del edificio de enfrente. A mi derecha estaba la mesita de noche con la lámpara más fea con la que me había topado en mucho tiempo (una calavera estampada en la base y un demonio rojo en la parte de alrededor de la bombilla) y en la pared de ese mismo lado, un escritorio con su armario a la derecha. La puerta quedaba en la pared en la que la cama dejaba descansar la cabeza del durmiente. La habitación no era relativamente grande aunque para llegar al armario habría que dar unos 3 o 4 pasos. Me levanté y busqué la ropa. Los pantalones y los calzoncillos debajo de la cama. De repente me percaté de un corcho al lado del escritorio donde muchas fotos componían un bonito y colorido mosaico de chicas. La primera idea que me vino a la mente fue “joder, anoche follé”. Toqué el móvil en el bolsillo izquierdo. Las 16.13h del jueves. 9 llamadas perdidas, 3 sms y 25 mensajes de whatsapp. En ese preciso instante se me apagó el teléfono. Puta suerte. Encontré la camiseta de Angelus Apatrida en la silla del escritorio junto con la chaqueta de rombos que siempre llevo. Debajo mis míticas Converse de Batman. Al abrir la puerta apareció un largo pasillo que discurría a mi izquierda. Intenté contactar con alguien que viviera ahí con un “hola” tímido y asustado. No hubo respuesta. Salgo y ando por el pasillo hasta un cruce de puertas: la de delante de mí daba al salón, la de mi derecha a la cocina y la de mi izquierda al baño. El baño era pequeño con el retrete pegando a la entrada, un plato de ducha al lado, un bidé continuando mi línea de visión contraria a las agujas del reloj y finalmente el lavabo con el espejo. Meé y me miré en el espejo que decía que mi cara era un poema. El muy hijo de perra se reía en mi puta cara. Bebí agua del grifo y me dirigí al salón que estaba manga por hombro. Muchas botellas de alcohol formaban una manta sobre el suelo compuesta en su inmensa mayoría por litros de cerveza marca Steinburg. No me atreví a volver a la cocina por si estaba peor así que crucé el salón, agarré el pomo de la puerta del fondo y salí al rellano. Bajé 2 pisos y a la calle. La resaca dificultaba el reconocimiento de la zona. Era una calle unidireccional hacia la izquierda. Seguí el sentido de los coches hasta la intersección buscando una placa con el nombre de la calle que me orientara. Calle de Torres Quevedo rezaba. Era un área con árboles en las aceras. ¡Coño si estaba casi en el Pryca! En la otra punta de la ciudad con respecto a mi casa. Podía ver Circunvalación desde mi posición así que avancé en dirección contraria hacia el centro hasta Arquitecto Vandelvira y desde ahí a la derecha hasta el parque Abelardo Sánchez. Atravesé el parque. En el césped había muchos perroflautas con sus cachimbas y sus litros. Parece que la ley antibotellón de la Sra. Bayod se la estaban pasando por el forro de los cojones. Al llegar al otro lado del paso de cebra de la Avenida España que daba a la puerta del Hotel Los Llanos seguí mi travesía hasta la plaza de la Biblioteca del Sol de cuya puerta salía una cola hasta la fuente esa tan fea que había en el centro. Torcí a mi izquierda por la calle Marzo, que es peatonal, hasta la puerta de mi casa. Mierda. No llevaba las llaves. Ni móvil. Piqué al telefonillo. Cero en contestaciones. Abrí la cartera deseando que por un casual llevara algo de pasta. Perfecto: sin pasta, sin llaves, sin móvil, con una resaca del copón y sin saber qué coño pasó la noche anterior.
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